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jueves, 2 de octubre de 2014

Capitalismo, crisis de civilización y senilidad*, por Jorge Beinstein



En entradas anteriores de esta libreta de apuntes hicimos referencia al grado de paranoia y agresividad que está exhibiendo de manera creciente el Gobierno de Estados Unidos de América del Norte, especialmente su titular, Barack Obama. Hemos reflexionado que esas expresiones paranoicas son consecuencia del cuadro de senilidad que se difunde desde el establishment central capitalista hacia su periferia y clientela.

Respecto de ello es explícito el trabajo que Jorge Beinstein publicó en 2009, hace algo más de cinco años, y que ahora parcialmente reproducimos.* El autor, marxista argentino de sesenta y ocho años, es doctor de Estado en Economía por la Universidad “Comte Beçanson”, de Francia, experto en prospectiva económica con muchísimas publicaciones y docente en universidades de Argentina y Cuba. Desde hace dos décadas viene estudiando especialmente la declinación de la economía global y la crisis capitalista. Gervasio Espinosa.


Senilidad

El fin de las rutinas y el ingreso en un tiempo de desorden general nos están señalando que el mundo burgués no se encuentra ante una enfermedad pasajera, una crisis cíclica más al interior del gran ciclo, único y supuestamente vigoroso del capitalismo sino ante una crisis de enorme amplitud en la que el deterioro se profundiza no por un capricho del destino sino porque el organismo, el sistema social universal, está muy viejo.

El capitalismo mundial ingresó en la etapa senil1 en los años 1970 cuando el parasitismo devino hegemónico, a lo largo de dicha década y del primer lustro de la siguiente (1980) ocurrieron hechos decisivos en los Estados Unidos, entre ellos el debut de la declinación de su producción petrolera, la decisión del gobierno de Nixon de terminar con el patrón oro para el dólar, la derrota en Vietnam a lo que luego se agregaron los déficits comerciales y fiscales crónicos y la suba incesante de las deudas pública y privada, la concentración de ingresos, el consumismo, la elitización y degradación del sistema político,  etc.

Todo eso derivó a comienzos del siglo XXI, cuando se desinfló la burbuja bursátil, en una situación extremadamente grave a la que el Imperio respondió con una desesperada fuga hacia adelante: radicalizó su estrategia de conquista de Eurasia desplegando grandes operativos militares (Irak, Afganistán) y reanimó la especulación financiera inflando la burbuja inmobiliaria y gracias a ella volviendo a inflar la burbuja bursátil. Ante la crisis del parasitismo financiero decidió impulsar una ola parasitaria mucho más grande que la anterior, no se trató de un “error estratégico” sino una consecuencia estratégica lógica inscripta en la dinámica dominante del sistema de poder.

La decadencia de Estados Unidos de América del Norte

Un primer indicador de senilidad es la decadencia de los Estados Unidos resultado de un largo proceso de degradación. La "globalización" desarrollada desde los años 1970 implicó un triple proceso; el aburguesamiento casi completo del planeta (la cultura del capitalismo devino verdaderamente universal al derrotar a la URSS e integrar a China), la financiarización integral del capitalismo (hegemonía parasitaria) y la unipolaridad: instalación del Imperio norteamericano como poder supremo mundial. Principal consumidor global y área central de los negocios financieros internacionales a lo que se agrega el hecho decisivo de la norteamericanización  de la cultura de las clases dominantes del mundo. Es por ello que la declinación (senilidad) de los Estados Unidos, más allá de sus consecuencias económicas (o incluyendo sus consecuencias económicas) constituye el motor de la decadencia universal del capitalismo.

El Imperio ha sido a la vez verdugo y víctima del resto del mundo, su consumismo parasitario ha tenido como contrapartida los buenos negocios comerciales y financieros de las burguesías de la Unión Europea, China, Japón, India, etc. La hinchazón parasitaria estadounidense fue el amortiguador fundamental de la crisis de sobreproducción crónica de las grandes potencias, pero la burbuja imperial ahora se está desinflando y el capitalismo global ingresa en la depresión.

La hipertrofia financiera global

Un segundo indicador de senilidad es la interacción entre dos fenómenos: la hipertrofia financiera global y la desaceleración en el largo plazo de la economía mundial (Gráfico 2, ver al final, en Notas, la referencia al artículo en revista Herramienta). En las últimas décadas del siglo XX se llegó a la financiarización integral del capitalismo, las tramas especulativas impusieron su “cultura” cortoplacista y depredadora que ha pasado a ser el núcleo central de la modernidad. Presenciamos un circulo vicioso; la crisis crónica de sobreproducción iniciada hace cuatro décadas comprimió el crecimiento económico desviando excedentes financieros hacia la especulación cuyo ascenso operó como un mega aspirador de fondos restados a la inversión productiva.

Crisis energética, alimentaria y ambiental

Un tercer indicador de senilidad es el bloqueo tecnológico que se manifiesta de diversas maneras, entre otras como crisis energética asociada a la crisis alimentaria y como crisis ambiental. Es útil el concepto de “limite estructural del sistema tecnológico” definido por Bertrand Gille como el punto en el que dicho sistema es incapaz de aumentar la producción a un ritmo que permita satisfacer necesidades humanas crecientes2, no se trata de necesidades humanas en general sino de demandas sociales históricamente determinadas. Es así posible formular la hipótesis de que el sistema tecnológico del capitalismo estaría llegando a su límite superior más allá del cual va dejando de ser el pilar decisivo del desarrollo de las fuerzas productivas para convertirse en la punta de lanza de su destrucción.

El capitalismo esta ahora generando un enorme desastre ecológico, resultado de una decisiva rigidez en la civilidad que impide superar una dinámica tecnológica que conduce hacia la depredación catastrófica del medio ambiente. Cada vez que eso ocurrió en el pasado precapitalista fue porque la civilización que engendró dicho sistema técnico había llegado a su etapa senil (la destrucción del medio ambiente es en realidad autodestrucción del sistema social existente).

La degradación estatal militar

Un cuarto indicador de senilidad es la degradación estatal militar puesta en evidencia por el fracaso de la aventura de los “halcones” norteamericanos pero que expresa una realidad global. El estado intervencionista permitió controlar las crisis capitalistas ocurridas desde comienzos del siglo XX, su ascenso estuvo siempre asociado al del militarismo, a veces de manera visible y otras, luego de la Segunda Guerra Mundial, bajo disfraz democrático (si observamos la evolución de los Estados Unidos desde la década de 1930 podemos comprobar que el “keynesianismo militar” ha constituido hasta hoy la espina dorsal de su sistema).        

Pero finalmente el desarrollo de las fuerzas productivas universales, hasta llegar a su degeneración parasitaria-financiera actual, terminó por desbordar a sus reguladores estatales sumergiéndolos en la mayor de sus crisis. El neoliberalismo aparentó ser la expresión de una globalización superadora de los estrechos capitalismos nacionales: en realidad se trataba del vigoroso monstruo financiero devorando a su padre  estatal-productivo-keynesiano.

Esta decadencia estatal incluye la del militarismo moderno evidenciado por el empantanado militar del Imperio en Irak y del conjunto de Occidente en Afganistán. Se trata de un doble fenómeno, por una parte la ineficacia técnica de esos superaparatos militares para ganar las guerras coloniales y por otra su gigantismo parasitario operando como acelerador de la crisis, el caso norteamericano es ejemplar (y determinante): la hipertrofia bélica aparece como un factor decisivo de los déficits fiscales y la corrupción generalizada del Estado.  

La crisis urbana

Un quinto indicador de senilidad es la crisis urbana desatada en la era neoliberal y que se agravará exponencialmente al ritmo de la crisis actual. Desde comienzos de los años 1980, cuando la desocupación y el empleo precario en los países centrales se hicieron crónicos y cuando la exclusión y la pobreza urbanas se expandieron en la periferia, el crecimiento de las grandes ciudades fue cada vez más el equivalente de involución de las condiciones de vida de las mayorías. La descomposición de las ciudades es claramente visible en la periferia pero no es su exclusividad, se trata de un fenómeno global aunque es en el mundo subdesarrollado donde se suceden los primeros colapsos, expresiones más agudas de una ola multiforme, irresistible.

Crisis

Desde sus orígenes el capitalismo industrial experimentó una larga sucesión de crisis de sobreproducción. En el siglo XIX se trató de crisis cíclicas de crecimiento de una civilización joven, luego de cada gran turbulencia el sistema se expandía pero dejando secuelas negativas que se fueron acumulando hasta finalmente engendrar una fuerza parasitaria-financiera que hacia comienzos del siglo XX devino dominante. En ese momento el capitalismo ingresó en su etapa de “madurez”, la intervención estatal junto a los parasitismos militar y financiero consiguieron controlar las crisis de las que emergieron fenómenos de decadencia que dieron un salto cualitativo al estallar la crisis de sobreproducción de fines de la década de 1960. Esta última fue amortiguada, el sistema global siguió creciendo pero sobre la base de la expansión exponencial de la depredación ambiental y del parasitismo, principalmente financiero, que pasó a controlar por completo al conjunto del mundo burgués inaugurando la era senil del capitalismo

Es en este nuevo contexto que se fue preparando el gran estallido que hoy presenciamos cuyo disparador ha sido el colapso financiero de 2008, a partir del mismo el capitalismo global va pasando (rápidamente) de ser un sistema viejo creciendo cada vez menos y con mayores costos sociales para devenir abiertamente en destructor de las fuerzas productivas y su contexto ambiental (de lo que Schumpeter llamara “destrucción creadora” del siglo XIX a la destrucción depredadora del siglo XXI).
  
Las civilizaciones anteriores al capitalismo no liquidadas por factores exógenos (invasiones, catástrofes naturales, etc.) lo fueron por devastadoras y prolongadas crisis de subproducción donde sus rigideces técnicas (producto del envejecimiento cultural) boqueaban el desarrollo productivo y desataban catástrofes ecológicas. El motor de esas tragedias fue siempre el predominio paralizante del parasitismo acumulado durante el largo ciclo de civilización.

La burguesía proclamó haber terminado con las crisis de subproducción de las antiguas civilizaciones gracias al excepcional dinamismo tecnológico del sistema que sólo podía sufrir crisis cíclicas de sobreproducción siempre controladas gracias a la creciente sofisticación de sus instrumentos de intervención (que el neoliberalismo no eliminó sino que los potenció poniéndolos al servicio de la depredación financiera). Se burlaba de los catastrofistas, en especial de los marxistas, que aguardaban la crisis general y final de sobreproducción que nunca llegó. Sin embargo dichas crisis fueron acumulando un potencial parasitario que está ahora comenzando a generar una crisis de subproducción planetaria, la mayor de la historia humana. Si en este caso quisiéramos seguir utilizando el concepto de crisis cíclica lo deberíamos hacer refiriéndonos al ciclo aproximadamente bicentenario del capitalismo que acaba de ingresar en el período de aceleración de la senilidad, de multiplicación enfermedades y de colapsos.

Cuatro esperas inútiles

Teniendo presente este contexto de crisis sistémica, de civilización, quiero hacer referencia a cuatro esperas inútiles que florecen en los círculos de poder y sus periferias cortesanas.
   
La primera de ellas, que predetermina a las otras tres, es la espera de la llegada de un quinto ciclo de Kondratieff –de una nueva prosperidad productiva del capitalismo–, aguardado durante la década pasada y la actual. No puede llegar porque la estructura económica que engendraba ese tipo de ciclos en el pasado ha desaparecido víctima del parasitismo financiero.

La segunda espera se refiere a la llegada milagrosa de un nuevo keynesianismo que portando la espada del intervencionismo estatal les cortaría la cabeza a los malvados especuladores financieros instalando en el centro de la escena a los buenos capitalistas productivos. El nuevo héroe keynesiano no llegará porque su instrumento decisivo, el Estado, es impotente frente a la marea financiera y lo es mucho más ante el océano de la crisis sistémica y, además, la larga fiesta neoliberal lo ha degradado profundamente. Por otra parte los buenos capitalistas productivos no aparecen por  ninguna parte, los que si aparecen por todos lados son los genios de la especulación financiera.

La tercera espera, imposible, es la del renacimiento del Imperio luego de casi cuatro décadas de decadencia, sobrecargado de deudas, desquiciado por el consumismo, con una cultura productiva seriamente deteriorada. No existe ningún indicio serio de ese supuesto renacimiento.

Finalmente, la cuarta espera inútil es la de un nuevo Imperio capitalista o una nueva alianza imperial, un nuevo centro del mundo burgués, el acople total entre las grandes potencias descarta por completo esa expectativa (dicho acople es el resultado de un largo proceso de integración que terminó por conformar un sistema global fuertemente interrelacionado).

De la depresión a la desintegración

Septiembre de 2008 marcó un punto de inflexión en el proceso recesivo que se venía desarrollando en los Estados Unidos a lo largo de ese año: estalló el sistema financiero y la recesión comenzó a extenderse rápidamente a nivel planetario, al tiempo que se evidenciaban síntomas muy claros de tránsito global hacia la depresión cuya llegada comenzó a ser admitida desde comienzos de 2009.

Ahora asistimos a un encadenamiento internacional de derrumbes productivos y financieros acompañado por una mezcla de pesimismo e impotencia en el más alto nivel de las elites dirigentes ante la probable transformación de la ola depresiva en colapso general.

La declaraciones  de George Soros  y Paul Volcker en la Universidad de Columbia el 21 de febrero de 2009 marcaron una ruptura radical,3 muy superior de la que estableció hace dos años Alan Greenspan cuando anunció la posibilidad de que Estados Unidos de América del Norte entrara en recesión. Volcker admitió que esta crisis es muy superior a la de 1929, eso significa que la misma carece de referencias en la historia del capitalismo: la desaparición de paralelismos respecto de crisis anteriores es también  (principalmente) la de los remedios conocidos. Porque la de 1929, y la depresión que le siguió, están asociados a la utilización exitosa de los instrumentos keynesianos, a la intervención masiva del Estado como salvador supremo del capitalismo, y lo que ahora estamos presenciando es la más completa ineficacia de los Estados de los países centrales para superar la crisis. En realidad la avalancha de dinero que arrojan sobre los mercados  auxiliando a los bancos y a algunas empresas transnacionales no sólo no frena el desastre en curso sino que además está creando las condiciones para futuras catástrofes inflacionarias, próximas burbujas especulativas.

¿Implosión capitalista?

Por su parte, Soros confirmó lo que era evidente: el sistema financiero mundial se ha desintegrado, a lo que agregó el descubrimiento  de similitudes entre la situación actual y la vivida durante el derrumbe de la Unión Soviética. ¿Cuales son esos paralelismos? Como sabemos, el sistema soviético comenzó a desmoronarse hacia fines de la década de 1980 para finalmente hacer implosión en 1991, y el fenómeno ha sido por lo general atribuido a la degradación de su estructura burocrática haciéndolo en principio intransferible al capitalismo que alberga una vasta burocracia aunque no hegemónica como lo fue en el caso soviético. Existe un proceso, una enfermedad que no es el patrimonio exclusivo de los regímenes burocráticos, se ha desarrollado en el capitalismo al igual que en civilizaciones anteriores a la modernidad: se trata de la hipertrofia parasitaria, del predominio aplastante de formas sociales parasitarias que depredan a las fuerzas productivas hasta un punto tal que el conjunto del sistema queda paralizado, no puede reproducirse más y finalmente muere ahogado por su propia podredumbre. A lo largo del siglo XX el capitalismo impulsó estructuras  parasitarias como el militarismo y, sobre todo, las deformaciones financieras que marcaron su cultura, su desarrollo tecnológico, sus sistemas de poder. Las tres últimas décadas presenciaron la aceleración del proceso adornado con el discurso de la reconversión neoliberal, del reinado absoluto del mercado, tal vez su punto más alto fue alcanzado durante el último lustro del siglo XX, en plena expansión de las burbujas bursátiles y cuando el poder militar de los Estados Unidos aparentaba ser imbatible.

Pero en la primera década del siglo XXI comenzó el desmoronamiento del sistema, el Imperio se empantanó en dos guerras coloniales, su economía se degradó velozmente y burbujas financieras de todo tipo (inmobiliarias, comerciales, de endeudamiento, etc.) poblaron el planeta. El capitalismo financiarizado había entrado en una fase de expansión vertiginosa aplastando con su peso a todas las formas económicas y políticas. En 2008 los Estados centrales (el G7) disponían de recursos fiscales por unos diez billones (millones de millones) de dólares contra seiscientos billones de la misma moneda en productos financieros derivados registrados por el Banco de Basilea, a lo que es necesario agregar otros negocios financieros. Según algunos expertos la masa especulativa global supera actualmente los mil billones de dólares (cerca de veinte veces el producto Bruto Mundial).   

Esa montaña financiera no es una realidad separada, independiente, de la llamada economía real o productiva. Fue engendrada por la dinámica del conjunto del sistema capitalista: por las necesidades de rentabilidad de las empresas transnacionales, por las necesidades de financiamiento de los Estados. No es una red de especuladores autistas lanzados a una suerte de autodesarrollo suicida sino la expresión radicalmente irracional de una civilización en decadencia (tanto a nivel productivo como político, cultural, ambiental, energético, etc.). Desde hace más de cuatro décadas el capitalismo global con eje en los países centrales soporta una crisis crónica de sobreproducción, acumulando sobrecapacidad productiva ante una demanda global que crecía pero cada vez menos, la droga financiera fue su tabla de salvación mejorando beneficios e impulsando el consumo en los países ricos, aunque a largo plazo envenenó por completo al sistema. 
Se ha puesto de moda achacarle la crisis a los llamados especuladores financieros, y según explican altos dirigentes políticos y expertos mediáticos las turbulencias llegarán a su fin cuando la “economía real imponga su cultura productiva sometiendo a las reglas del “buen capitalismo” a las redes financieras hoy fuera de control. Sin embargo, a mediados de la década actual en Estados Unidos de América del Norte  más de 40 % de los beneficios de las grandes corporaciones provenía de los negocios financieros4, en Europa la situación era similar, en China –en el momento de mayor auge especulativo (fines de 2007)– sólo la burbuja bursátil movía fondos casi equivalentes al Producto Bruto Interno de ese país5 alimentada por empresarios privados y públicos, burócratas encumbrados, profesionales, etc. No se trata por consiguiente de dos actividades, una real y otra financiera, claramente diferenciadas sino de un sólo conjunto heterogéneo y real de negocios. Es ese conjunto el que ahora se está desinflando velozmente, implota luego de haber llegado a su máximo nivel de expansión posible en las condiciones históricas concretas del mundo  actual. Bajo la apariencia impuesta por los medios globales de comunicación de una implosión financiera afectando negativamente al conjunto de las actividades económicas (algo así como una lluvia toxica atacando las verdes praderas) aparece la realidad del sistema económico global como totalidad contrayéndose de manera caótica.   

Señales
     
Las declaraciones de Soros y Volcker fueron realizadas unos pocos días antes de que el gobierno norteamericano diera a conocer la cifras oficiales definitivas de la caída del Producto Bruto Interno en el último trimestre de 2008 con respecto a igual período de 2007: la primera estimación oficial que había fijado dicha caída en 3,8 % resultó ser una burda mentira, ahora resulta que la contracción había llegado a 6,2%,6 eso ya no es recesión sino depresión. Japón por su parte tuvo para el mismo período un descenso en su PBI del orden de 12 %, en enero de 2009 sus exportaciones cayeron 45 % en comparación con igual mes del año anterior,7 en Europa la situación es similar o tal vez peor, luego del derrumbe financiero de Islandia la amenaza de bancarrota económica en varios países de Europa del Este como Polonia, Hungría, Ucrania, Letonia, Lituania, etc., amenaza a su vez de manera directa a las bancas acreedoras suiza y austríaca que podrían hundirse como la de Islandia. Mientras tanto, los grandes países industriales de la región como Alemania, Inglaterra o Francia van pasando de la recesión a la depresión. Los pronósticos sobre China anuncian para 2009 una reducción de su tasa de crecimiento a la mitad respecto de 2008, sus exportaciones de enero han sido 17,5 % inferiores de las de enero del año anterior,8 este brusco deterioro del centro vital de su sistema económico no tiene perspectivas de recuperación mientras dure la depresión global por lo que su ritmo de crecimiento general seguirá descendiendo.  

Que Soros y Volcker abran la expectativa de un colapso del sistema económico mundial no significa que el mismo se produzca de manera inevitable, después de todo una de las principales características de una decadencia en la civilización como la que estamos presenciando es la existencia de una profunda crisis de percepción en las elites dominantes, sin embargo la acumulación de datos económicos negativos y su proyección realista para los próximos meses nos están señalando que la gran catástrofe anunciada por ellos tiene muy altas probabilidades de realización. A ese desenlace contribuyen la impotencia comprobada de los supuestos “factores de control”  del sistema (Gobiernos, Bancos Centrales, FMI, etc.) y la rigidez política del Imperio, por ejemplo ampliando la guerra en Afganistán preservando así el poder del Complejo Industrial Militar, gigante parasitario cuyos gastos reales actuales (aproximadamente algo más de un billón de dólares) equivale a 80 % del déficit fiscal de los Estados Unidos.        

A estos síntomas económicos y políticos debemos agregar la crisis energética y la alimentaria derivada de ella que seguramente volverán a manifestarse apenas se detenga el proceso deflacionario (y tal vez antes), todo eso bajo un contexto de crisis ambiental que ha pasado a ser un factor actual de crisis (ya no es más una amenaza casi intangible localizada en un futuro lejano). Y detrás de esas crisis parciales encontramos la presencia de la crisis del sistema tecnológico moderno incapaz de superar, en tanto componente motriz de la civilización burguesa, los bloqueos energéticos y ambientales creados por su desarrollo depredador.

Desintegración, implosión y desacople

La desintegración-implosión del sistema global no significa su transformación en un conjunto de subsistemas capitalistas o bloques regionales con relaciones más o menos fuertes entre ellos, algunos prósperos, otros declinantes (la unipolaridad estadounidense convirtiéndose en multipolaridad, “desacople” ordenado en torno de nuevos o viejos polos capitalistas). La economía mundial está altamente transnacionalizada, conforma una densa maraña de negocios productivos, comerciales y financieros que penetra profundamente en las llamadas “estructuras nacionales”, inversiones y dependencias comerciales las atan de manera directa o indirecta a los núcleos decisivos del sistema global. En términos generales para un país o una región la ruptura de sus lazos globales o su debilitamiento significativo implica una enorme ruptura interna, la desaparición de sectores económicos decisivos con las consecuencias sociales y políticas que de ello se derivan.

Además, el sistema global estaba hasta ahora organizado de manera jerárquica tanto en su aspecto económico como político-militar (unipolaridad) resultado del fin de la Guerra Fría y de la transformación de los Estados Unidos en el amo del planeta. No sólo en el espacio de concentración de las decisiones comerciales y financieras (eso ya ocurría desde hace más de seis décadas) sino también de las grandes decisiones políticas.

El hundimiento del centro del mundo9 en medio (como detonador) de la depresión económica internacional significa el despliegue de una cadena global de crisis (económicas, políticas, sociales, etc.) de intensidad creciente. Recientemente Zbigniew Brzezinski dejó a un costado sus tradicionales reflexiones sobre política internacional para alertar sobre la posibilidad de agravación de los conflictos sociales en los Estados Unidos, los que según él podrían derivar en una generalización de disturbios violentos.10 Por su parte, y desde una perspectiva ideológica opuesta, Michael Klare ha descripto el mapa de las protestas populares atravesando todos los continentes, países ricos y pobres, del Norte y del Sur, iniciadas en 2008 como consecuencia de la crisis alimentaria en un amplio abanico de países periféricos pero que comienzan a desarrollarse globalmente en respuesta a la agravación de la depresión económica: la multiplicación de crisis de gobernabilidad nos espera en el corto plazo.11

La hipótesis de implosión capitalista abre el espacio para la reflexión y la acción en torno del horizonte postcapitalista donde se mezclan viejas y nuevas ideas, ilusiones fracasadas  y densos aprendizajes democráticos del siglo XX, frenos conservadores legitimando ensayos neocapitalistas y visiones renovadas del mundo empujando grandes innovaciones sociales.

Agonía de la modernidad burguesa con sus peligros de barbarie senil, pero ruptura de bloqueos ideológicos, de estructuras opresivas, esperanza en la regeneración humanista de las relaciones sociales.

Buenos Aires, 6 de abril de 2009


Notas:

* El presente texto, que editamos especialmente para la presente publicación, forma parte del artículo de Jorge Beinstein “En la ruta de la decadencia. Hacia una crisis prolongada de la civilización burguesa”, en revista Herramienta. Debate y crítica marxista, Buenos Aires, 2009, y disponible en http://www.herramienta.com.ar/economia/en-la-ruta-de-la-decadencia-hacia-una-crisis-prolongada-de-la-civilizacion-burguesa (G.. E.).

1 El concepto de capitalismo senil fue elaborado en la década de 1970 por Roger Dangeville (véase Marx-Engels, La crise, Recopilación y comentarios de Roger Dangeville, 10/18- Union Générale d'Editions, París, 1978), y retomado por varios autores en la década actual  (Jorge Beinstein, Capitalismo senil, Ediciones Record, Río de Janeiro, 2001; Samir Amin , Au delà du capitalisme senile, Actuel Marx - PUF, París, 2002).
2 Bertrand Gille (Editor), “Histoire des techniques”, Enciclopedia de Las Pléyades, Gallimard, París, 1978.
3  Agencia Reuters,Soros sees no bottom for world financial ‘collapse’”, 21.2.2009; David Randall y Jane Merrick, “Brown flies to meet President Obama for economy crisis talks”, en The Independent, 22.2. 2009.
4 U. S. Economic Report for the President, Washington, 2008.
5 En agosto de 2007 la capitalización de las bolsas chinas superaba el valor de PBI de esa nación en el año 2006. Véase Dong Zhixin, “China stock market capitalization tops GDP”, Chinadaily, disponible en http://www.chinadaily.com.cn/china/2007-08/09/content_6019614.htm
6 Cotizalia.com, 27.2.2009, “El PIB de EEUU se hunde un 6,2 % en el cuarto trimestre”.
7 BBC News, 25.2.2009, “Japan exports drop 45 % to new low”.
8 Xinhua, 11.2.2009, “China's export down 17.5% in January”.
9 Jorge Beinstein, “El hundimiento del centro del mundo. Estados Unidos entre la recesión y el colapso”, en Rebelión, 8.5.2008, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=67099
10 FinkelBlog, 20.2.2009,  “Brzezinski: ‘Hell, There Could Be Even Riots’”, disponible en http://finkelblog.com/index.php/2009/02/17/brzezinski
11 Michael Klare, “A planet at the brink?”, en Asia Times, 28.2.2009.

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