Páginas vistas en total

lunes, 16 de octubre de 2017

“Contra la dominación”, por Boaventura de Sousa Santos



El presente artículo del sociólogo portugués De Sousa Santos fue publicado inicialmente por el diario digital de Madrid Público en su sección blogs “Espejos extraños”, el pasado 13 de agosto de este año y hoy, 16 de octubre, también por el diario Página|12, de Buenos Aires, como columna de opinión. La traducción desde la lengua portuguesa fue realizada por Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez.



Boaventura de Sousa Santos es sociólogo, y director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Coímbra, Portugal). Sus últimos libros en español son Si Dios fuese un activista de los derechos humanos (Madrid, Trotta 2014) y, de próxima aparición, en coautoría con Maria Paula Meneses, Epistemologías del Sur (Madrid, Akal).



Hemos considerado oportuno incluir el presente artículo en ¡Ansina es!... dada la importancia de sus definiciones para los análisis y las acciones populares en los países de Nuestramérica. G.E.










La dominación social, política y cultural siempre es el resultado de una distribución desigual del poder en cuyos términos quien no tiene poder o tiene menos poder ve sus expectativas de vida limitadas o destruidas por quien tiene más poder. Esta limitación o destrucción se manifiesta de diferentes maneras: desde la discriminación hasta la exclusión, desde la marginación hasta la liquidación física, psíquica o cultural, desde la demonización hasta la invisibilización. Todas estas formas pueden reducirse a una sola: la opresión. Cuanto más desigual es la distribución del poder, mayor es la opresión. Las sociedades con formas duraderas de poder desigual son sociedades divididas entre opresores y oprimidos. La contradicción entre estas dos categorías no es lógica, sino más bien dialéctica, ya que ambas forman parte de la misma unidad contradictoria.



Los factores que están en la base de la dominación varían de época a época. En la época moderna, digamos, desde el siglo XVI, los tres factores principales han sido: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. El primero es originario de la modernidad occidental, mientras que los otros dos existían antes pero fueron reconfigurados por el capitalismo. La dominación capitalista se basa en la explotación del trabajo asalariado por medio de relaciones entre seres humanos formalmente iguales. La dominación colonial se basa en la relación jerárquica entre grupos humanos por una razón supuestamente natural, ya sea la raza, la casta, la religión o la etnia. La dominación patriarcal implica otro tipo de relación de poder pero igualmente basada en la inferioridad natural de un sexo o de una orientación sexual.



Las relaciones entre los tres modos de dominación han variado a lo largo del tiempo y del espacio, pero el hecho de que la dominación moderna se asiente en los tres es una constante. Al contrario de lo que vulgarmente se piensa, la independencia política de las antiguas colonias europeas no significó el fin del colonialismo, significó la sustitución de un tipo de colonialismo (el colonialismo de ocupación territorial efectiva por una potencia extranjera) por otros tipos (colonialismo interno, neocolonialismo, imperialismo, racismo, xenofobia, etc.).



Vivimos en sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales. Para tener éxito, la resistencia contra la dominación moderna tiene que basarse en luchas simultáneamente anticapitalistas, anticoloniales y antipatriarcales. Todas las luchas tienen que tener como objetivo los tres factores de dominación, y no solo uno, aunque las coyunturas puedan aconsejar que incidan más en un factor que en otro.



El siglo XX fue de los siglos más violentos de la historia, pero también se caracterizó por muchas conquistas positivas: desde los derechos sociales y económicos de los trabajadores hasta la liberación e independencia de las colonias, desde los movimientos de los derechos colectivos de las poblaciones afrodescendientes en las Américas y de los pueblos indígenas hasta las luchas de las mujeres contra la discriminación sexual. Sin embargo, a pesar de los éxitos, los resultados no son brillantes. En las primeras décadas del siglo XXI atravesamos incluso un período de reflujo generalizado de muchas de las conquistas de esas luchas. El capitalismo concentra la riqueza más que nunca y agrava la desigualdad entre países y dentro de ellos; el racismo, el neocolonialismo y las guerras imperiales asumen formas particularmente excluyentes y violentas; el sexismo, a pesar de todos los éxitos de los movimientos feministas, sigue ejerciendo violencia contra las mujeres con una persistencia inquebrantable.



Un diagnóstico correcto es condición necesaria para salir de esta aparente estasis histórica. Sugiero varios componentes principales del diagnóstico. El primero reside en que, mientras que la dominación moderna articula siempre capitalismo con colonialismo y patriarcado, las organizaciones y movimientos que vienen luchando contra ella siempre han estado divididas, cada una privilegiando uno de los modos de dominación y descuidando, o incluso ignorando, el resto, y cada una defendiendo que su lucha y su forma de lucha es más importante. No sorprende, así, que muchos partidos socialistas y comunistas, que lucharon (cuando lucharon) contra la dominación capitalista, hayan sido durante mucho tiempo colonialistas, racistas y sexistas. Del mismo modo, no sorprende que movimientos nacionalistas, anticoloniales y antirracistas hayan sido capitalistas, procapitalistas y sexistas, y que movimientos feministas hayan sido conniventes con el racismo, el colonialismo y el capitalismo. De este hecho histórico resulta claro que los avances serán escasos si la dominación continúa unida y la oposición desunida.



El segundo componente tiene que ver con el modo en que se organizaron las resistencias anticapitalistas, anticolonialistas y antipatriarcales. Trabajadores, campesinos, mujeres, personas esclavizadas, pueblos colonizados, pueblos indígenas, pueblos afrodescendientes, poblaciones discriminadas por la discapacidad o por la condición u orientación sexual recurrieron a muchas formas de lucha, unas violentas, otras pacíficas, unas institucionales, otras extrainstitucionales. A lo largo del siglo pasado, esas múltiples formas se fueron condensando en partidos políticos, movimientos de liberación y movimientos sociales, y, salvo algunas excepciones, fueron dando preferencia a la lucha institucional y no violenta. El régimen político que se impuso como la mejor respuesta a estas opciones fue la democracia de origen liberal, la democracia actualmente existente. Ocurre que la potencialidad de este tipo de democracia para responder a las aspiraciones de las poblaciones oprimidas siempre fue muy limitada y las limitaciones se fueron agravando en tiempos más recientes. El modelo que más desarrolló esa potencialidad fue la socialdemocracia europea, y su mejor momento (conseguido, en buena medida, a costa del colonialismo y el neocolonialismo, o sea, de las relaciones económicas desiguales con las colonias y las excolonias), está hoy bajo ataque, no solo en Europa, sino también en todos los países que buscaron imitar su espíritu moderadamente redistributivo para reducir las enormes desigualdades sociales (Argentina, Brasil, Venezuela).



En todas partes, la democracia de baja intensidad está siendo cercada por fuerzas antidemocráticas y, en algunos países, va transitando hacia dictaduras atípicas, muchas veces basadas en la destrucción de la separación de poderes (desde Brasil a Polonia y Turquía) o en la manipulación de los sistemas mayoritarios (fraude electoral sistemático, como en México, sistemas electorales que no garantizan la victoria del candidato más votado, como Hillary Clinton en Estados Unidos). Sabíamos que la democracia se defiende mal de los antidemócratas pues, de otro modo, Hitler no habría ascendido al poder por vía de las elecciones. Y nótese que, si bien de modo fraudulento, su partido ostentaba la palabra “socialismo” en su nombre. Hoy, la democracia está siendo secuestrada por fuerzas económicas poderosas (bancos centrales, Fondo Monetario Internacional, agencias de calificación de crédito) no sujetas a ninguna deliberación democrática. Y las imposiciones pueden ser legales (¿y legítimas?): intereses de deuda pública, imposición de tratados de libre comercio, políticas de austeridad, rules of engagement de las multinacionales, control corporativo de los grandes medios de comunicación; e ilegales: corrupción, tráfico de influencias, abuso de poder, infiltración en las organizaciones democráticas, incitación a la violencia.



La democracia es hoy servidora de los intereses imperiales, cuando no directamente uno de sus instrumentos. Para imponerla se destruyen países enteros, sean ellos Irak, Libia, Siria o Yemen. Está bien documentada la intervención imperialista para desestabilizar procesos democráticos dotados de algún ánimo redistributivo y animados por algún posicionamiento nacionalista para protegerse del mercado internacional depredador de recursos estratégicos, sean ellos petróleo, minerales o, de modo creciente, tierra o agua. Esta desestabilización se nutre siempre de los errores, a veces graves, de los gobiernos nacionales (algunos considerados progresistas) y cuenta con la activa complicidad de las oligarquías que dominaron estos países. La descaracterización de la democracia es tal que ya se habla hoy de posdemocracia, un nuevo régimen político basado en la conversión de los conflictos políticos en conflictos mediáticos minuciosamente gestionados por técnicos de publicidad y comunicación, y últimamente apoyados por la posverdad mediática de las fake news.



El tercer componente del diagnóstico tiene que ver precisamente con los errores de los gobiernos nacionales. ¿Por qué se equivocan con tanta frecuencia, sobre todo cuando son considerados gobiernos progresistas? Son muchos los factores: no hay alternativas anticapitalistas creíbles y las conquistas contra el colonialismo, el racismo o el sexismo parecen depender de que no interfieran con la dominación capitalista; una vez obtenido el poder de gobierno, las fuerzas progresistas se comportan como si tuviesen, además de aquel, el poder económico, social y cultural que se reproduce en la sociedad en general, y con eso deja de reconocerse la gravedad o incluso la existencia de antagonismo de clases, razas y sexos; las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado son siempre concebidas como si se buscara eliminar los “excesos” de estos modos de dominación, y no su fuente. De tal “autocontención”, voluntaria o impuesta, devienen dos consecuencias fatales.



La primera es tolerar o incluso promover un sistema de educación que fomenta los valores y las subjetividades que sustentan el capitalismo y las relaciones coloniales, racistas y sexistas. La segunda es negarse a imaginar (o ignorar cuando ocurren) formas alternativas de organizar la economía, concebir la democracia, organizar el Estado, practicar la dignidad humana, dignificar la naturaleza, promover formas de sentir y de ser solidarias, sustituir cantidades y gustos infinitos por la proporcionalidad, dejar de lado euforias desarrollistas en beneficio de límites justos y fruiciones comedidas, promover la diferencia y la diversidad con la misma intensidad con la que se promueve la horizontalidad. Al presentarse como fatales, estas dos consecuencias son inhumanas. Por la simple razón de que ser humano es no ser plenamente humano. Es no tener que ser para siempre lo que se es en un determinado contexto, tiempo o lugar.

sábado, 14 de octubre de 2017

Milagro Sala, descalza, sin abrigo y a los golpes, fue reingresada a la cárcel de Alto Comedero









Milagro Sala, en el centro de la fotografía, dirigente política popular, jujeña e indígena, diputada brutalmente impedida de ejercer su nominación en el Parlamento del Mersosur, acusada de delitos no cometidos por el gobernador de su provincia que es miembro del partido Unión Civica Radical asociado a la alianza Cambiemos (PRO) en el poder gubernamental del Estado argentino, ha enviado a los pueblos de Nuestramérica y del mundo la carta cuyo facsimil se reproduce y fue distribuido por la Oficina de Prensa de la organización Tupac Amaru:





Milagro está en la cárcel de mujeres de Alto Comedero, a diez kilómetros de la capital de la Provincia de Jujuy, este blog es operado en la amplia región que rodea al Gran Estuario del Plata... 
Ella y centenares de miles de nosotros no dejamos de preguntar:
¿Dónde está Santiago Maldonado?

domingo, 24 de septiembre de 2017

“¿Es el consumismo la nueva ‘droga dura’ de las sociedades occidentales?”, por Germán Gorraíz López*





El actual sistema dominante o establishment utilizaría la dictadura invisible del consumismo compulsivo de bienes materiales para anular los ideales del individuo primigenio y transformarlo en un ser acrítico, miedoso y conformista que pasará a engrosar ineludiblemente las filas de una sociedad homogénea, uniforme y fácilmente manipulable mediante las técnicas de manipulación de masas.



La manipulación de las masas



Edward L. Bernays, sobrino de Sigmund Freud y uno de los pioneros en el estudio de la psicología de masas, escribió en su libro Propaganda (1928):



La manipulación deliberada e inteligente de los hábitos estructurados y de las opiniones de las masas es un elemento importante en las sociedades democráticas. Aquellos que manipulan este oculto mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente de nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar.



Asimismo, fundamenta el sustento de todos los sistemas de gobierno en la «manipulación de la opinión pública», al afirmar que «los Gobiernos, ya sean monárquicos, constitucionales, democráticos o comunistas, dependen de la aquiescencia de la opinión pública para llevar a buen puerto sus esfuerzos y, de hecho, el Gobierno sólo es Gobierno en virtud de esa aquiescencia pública». En otro de sus libros –Cristalizando la opinión pública–  desentraña los mecanismos cerebrales del grupo y la influencia de la propaganda como método para unificar su pensamiento.



Así, según sus palabras,



la mente del grupo no piensa, en el sentido estricto de la palabra. En lugar de pensamientos tiene impulsos, hábitos y emociones. A la hora de decidir su primer impulso es normalmente seguir el ejemplo de un líder en quien confía. Este es uno de los principios más firmemente establecidos por la psicología de masas [,]



por lo que la propaganda del establishment será dirigida no al sujeto individual sino al Grupo en el que la personalidad del individuo unidimensional se diluye y queda envuelta en retazos de falsas expectativas creadas y anhelos comunes que lo sustentan.



La manipulación mediática



El estadounidense Harold Lasswell (uno de los pioneros de la Mass Communication Research), estudió después de la Primera Guerra Mundial las técnicas de propaganda e identificó una forma de manipular a las masas, la teoría (de “la aguja hipodérmica o bala mágica”) plasmada en su libro Técnicas de propaganda en la guerra mundial (1927) y basada en «inyectar en la población una idea concreta con ayuda de los medios de comunicación de masas para dirigir la opinión pública en beneficio propio y que permite conseguir la adhesión de los individuos a su ideario político sin tener que recurrir a la violencia». A ello, contribuye el encefalograma plano de la conciencia crítica de la sociedad actual favorecida por una práctica periodística peligrosamente mediatizada por la ausencia de la exégesis u objetividad en los artículos de opinión y el finiquito del código deontológico periodístico que tendría su plasmación en la implementación de la autocensura y en la sumisión volis nolis (quieras o no quieras) a la línea editorial de su medio de comunicación (fruto del endemismo atávico de la servidumbre a los poderes fácticos del status quo) y que habrían convertido al periodista en mera correa de transmisión de los postulados del establishment o sistema dominante.



¿Hacia el individuo multidimensional?



El sociólogo y filósofo alemán Herbert Marcuse, en su libro El hombre unidimensional (1964), explica que «la función básica de los medios es desarrollar pseudonecesidades de bienes y servicios fabricados por las corporaciones gigantes, atando a los individuos al carro del consumo y la pasividad política», sistemas políticos que serán caldo de cultivo del virus patógeno conocido como autokráteia, o autocracia. La autocracia sería una forma de gobierno ejercida por una sola persona con un poder absoluto e ilimitado, especie de parásito endógeno de otros sistemas (incluida la llamada democracia formal), que partiendo de la crisálida de una propuesta partidista elegida mediante elecciones libres, llegado al poder se metamorfosea en líder Presidencialista con claros tintes totalitarios (inflexible, centralista y autoritario), lo que confirma el aforismo de lord Acton: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto, corrompe absolutamente».



Sin embargo, gracias a la interactividad que proporcionan las redes sociales de Internet (el llamado Quinto Poder que enlaza y ayuda a la formación de las identidades modernas), se estaría rompiendo el endémico aislamiento y pasividad del individuo sumiso y acrítico de las sociedades consumistas occidentales (“el hombre unidimensional”). Así, estaría ya surgiendo un nuevo individuo reafirmado en una sólida conciencia crítica, sustentado en valores caídos en desuso pero presentes en nuestro código atávico como la solidaridad y la indignación colectiva ante la corrupción e injusticia imperantes y dispuesto a quebrantar las normas y las leyes impuestas por el sistema dominante, un individuo multidimensional generador de un tsunami popular de denuncia del actual déficit democrático, social y de valores e instaurador del caos constructivo que terminará por diluir el opiáceo inhibidor de la conciencia crítica: el consumismo compulsivo.



Nota:

*  El autor, Germán Arraíz López (nacido en Navarra, España, en 1957), es analista en temas económicos y geopolíticos y colaborador del diario español Siglo XXI y medios digitales latinoamericanos y europeos como, entre otros, TeleSur, Bottup, España Liberal, Libre Pensador, Socialdemocracia.org, la Agencia Latinoamericana de Información ALAI, Cuba Nuestra y otros medios. El presente artículo, fue tomado de su blog en TeleSur, Caracas, Venezuela (https://www.telesurtv.net/bloggers/Es-el-consumismo-la-nueva-droga-dura-de-las-sociedades-occidentales-20170922-0002.html). Para su publicación en este blog se le hicieron mínimas correcciones de sintaxis y estilo que no modificaron el sentido original del texto.  G.E.

viernes, 11 de agosto de 2017

“Primarias en Argentina: más que elecciones, un plebiscito”, por Javier Tolcachier*




Casi siendo las nueve de la noche de este viernes 11 de agosto, vigente la “veda electoral” que impide en Argentina la propaganda proselitista en las cuarenta y ocho horas previas a una compulsa electoral como las PASO del domingo 13, y hasta pasado el cierre de comicios, en nuestro domicilio del extenso y popular conurbano de Buenos Aires sonó el teléfono: un flash sonoro hacía campaña de la alianza oficial PRO-UCR et al… Esa pedante ruptura de la veda nos movió con urgencia a publicar también nosotros este artículo, reflexivo, conceptuoso y preciso del cordobés Javier Tolcachier. G.E.
          
ALAI América Latina 10.8.2017

Este domingo se disputan en Argentina elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias. Bajo el pomposo nombre de “Ley de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral”, la norma que las regula fue sancionada en 2009. Si bien en la teoría uno de los propósitos de esta pre-elección es la de ser una suerte de pre-selección democrática de candidatos dentro de las distintas agrupaciones, en la práctica esta premisa no se ha cumplido y la mayoría de las listas son únicas, sin competencia interna.

Otro motivo esgrimido en su momento para justificar la ley fue la de “ordenar” el espectro político y fortalecer el sistema partidario, previendo números de afiliaciones más altos para obtener o conservar personería jurídica, recolección de firmas para avalar candidaturas y por último, lograr un piso mínimo de votos (1,5 % del padrón) para poder competir en la elección de fondo. Lejos de contribuir a una profundización democrática –como era de preverse– la nueva reglamentación conspiró contra las posibilidades de nuevas formaciones o partidos minoritarios, reduciendo la diversidad de opciones y dando continuidad al chantaje del electorado y a la concentración del voto.

Por último, el modelo partidario de representatividad no se fortaleció en absoluto. Por el contrario, los partidos fueron vaciándose paulatinamente quedando apenas como esqueletos anticuados o sellos de goma, incapaces de contener o atraer el impulso transformador de las militancias jóvenes. Esta decadencia de antiguas formas partidarias llegó al punto del vergonzante  ocultamiento de sus gloriosas siglas a fin de no espantar votantes potenciales.

En rigor de verdad, ese proceso no tiene su origen en esa ni en ninguna otra ley, sino que obedece a la sublevación social contra modalidades y poderes burocráticos incapaces de ceder al empuje de nuevos tiempos que exigen una democratización estructural.

De este modo, desde un punto de vista institucional, las PASO han quedado vaciadas de su contenido original y se convierten en una pulseada preelectoral, una encuesta sobre el humor ciudadano, una suerte de antesala de la elección real a llevarse a cabo en Octubre de este año. ¿Apenas eso? De ningún modo.

Dadas las circunstancias políticas en Argentina, en vista del retroceso social inesperado para algunos, absolutamente previsible para otros, la cita adquiere un alto voltaje simbólico. ¿Qué se juega en ellas? Y en términos más amplios, a escala regional o mundial, ¿cuáles son las implicancias de su resultado?

La facción gobernante encabezada por el empresario Macri, asumió el gobierno en 2015 con una clara inferioridad legislativa, debilidad a la que se sobrepuso de manera relativa, mediante acuerdos y presiones espurias que concluyeron en la traición de un grupo de diputados y senadores al mandato político opositor conferido por un número muy significativo de la población en la elección precedente.

Sin embargo, no contar con mayorías propias o permanentes en las Cámaras atemperó – aunque parezca inverosímil dadas las características antipopulares de las medidas tomadas en los últimos dieciocho meses – la vocación de capitalismo salvaje que anima al gobierno actual. De este modo, el objetivo del gobierno es perfectamente escrutable: lograr en la elección de Octubre acuñar una mayoría legislativa –propia o alquilada– con legitimidad suficiente para profundizar el (des)ajuste social. Si consigue eso, los argentinos se verán con un panorama similar al que actualmente transita el Brasil. En pocas líneas: aumento de la edad jubilatoria y descenso relativo de sus montos, reducción salarial y de derechos laborales, congelamiento o eliminación de subsidios sociales, desinversión pública en salud, educación, vivienda, cultura, ciencia, fuerte desgravación impositiva para las grandes empresas. Todo ello con el fin de abrir a la banca y al empresariado corporativo local e internacional la mercantilización total de la vida colectiva y generar la maximización de beneficios de esa porción minoritaria.

En la vereda de enfrente, los movimientos populares y sus expresiones más progresistas, conscientes de este panorama, apuntarán todas sus fuerzas a frenar este proceso involutivo de exclusión y desintegración social. Al tiempo de recomponer líneas y alianzas luego de la derrota electoral última –que en estas latitudes se traduce en fuga de organizaciones e individuos dependientes en su militancia del grifo gubernamental– la oposición real, encarnada en el kirchnerismo y algunas pocas opciones menores, aspira a impedir en primer término “mayorías automáticas” en el parlamento que habiliten, una vez más, el desguace estatal y la hecatombe social.

De este modo, la clave política de esta elección primaria no está puesta en las candidaturas a escoger, ya que los nombres y los perfiles están ya definidos por ambas estrategias. El resultado, aunque muy posiblemente favorable a la intención opositora de mostrar una fuerte crítica popular a la política en curso, no bastará para hacer fracasar por completo el modelo.

El gobierno, apoyado, aconsejado, protegido y hasta digitado por el hegemón mediático principal, tratará incluso de vender la derrota relativa como un avance, escondiendo a la opinión pública la faceta que menos le convenga y dando mayor relevancia a lo que pueda resultarle favorable a sus designios. Por otro lado, proseguirá impertérrito en su intención de forzar a la sociedad a seguir por el mismo camino, triunfe o no en la elección, con legitimidad o sin ella.

Pero ésta no es tan sólo una lucha local. El propósito de apropiación final del todo social no es un invento del gobierno sino de las corporaciones globales, que lo incluyen pero exceden largamente. Para éstas, el Estado no sólo es un enemigo porque redistribuye parte de los dividendos sociales a los sectores más postergados, como sucedió en la década progresista en Bolivia, Venezuela, Ecuador, Argentina, o Brasil. O bastante antes en Cuba o Nicaragua. En esos lugares y tiempos, millones de personas salieron de la pobreza extrema, del hambre, lograron ampliar derechos, cultivaron su dignidad y construyeron colectivamente cierto grado de autonomía y soberanía en medio de un mundo en decadencia. Malos ejemplos a erradicar so pena cunda la pandemia inclusivista, según los cánones del poder.

Para desgracia de la elite, éste no era el único problema para el desarrollo de “buenos negocios”. El Estado, por entonces, no solamente dejó de ser una herramienta en manos de los poderosos, sino que pasó a ser su principal competidor. Un fuerte competidor que comenzó a gestionar los principales recursos aumentando la disponibilidad de ingresos para invertirlos en el bienestar de las mayorías. Un competidor que amplió el acceso a los servicios y productos para todos a bajo o nulo costo. ¡Imperdonable! ¡Competencia desleal! ¿Pero desleal a quién?

Así es que, en el plano económico, las grandes corporaciones multinacionales decidieron apoderarse del Estado, para que vuelva a servirles como siempre. Para que sea apenas un departamento corporativo más, un anexo. Por la razón o la fuerza, con elecciones o golpes, duros o blandos, como sea. Colocando a sus propios gerentes al frente o a lacayos entrenados en las arduas lides de la banca mundial, toda gente de su confianza, con sus códigos y su cruel frialdad ejecutiva. Insensibles que sólo piensan en que la curva de beneficio de su “company” y las bonificaciones personales que obtienen por ello vayan para arriba, sin importar la tragedia humana y medioambiental generada en su estela. Para los custodios del capital, todo derecho es dádiva injusta y toda tendencia equitativa, populismo o peores e impronunciables “ismos”.

Pero como se supone que los buenos “ismos” ya son historia antigua, que la aspiración de igualdad de oportunidades pertenece a la era pre-muro de Berlín y no a la post-muro de Trump (o de Ceuta, Hungría, Gaza y tantos otros), entonces la vulgaridad se personaliza como “castrismo”, “chavismo” o tantas otras.

Y esta personalización cumple también con una parte esencial del plan, ya que la única defensa posible de los pueblos frente a estos “monstruos grandes que pisan fuerte” es su capacidad de organización, de movilización y la enorme fe que depositan en sus liderazgos. Y esa línea estratégica es la que en definitiva los grupos de poder económicos quieren quebrar. La única trama posible que augura la “sustentabilidad” de su esquema. De ese modo, proscribir, encarcelar, difamar a los líderes sociales se corresponde con diluir la fuerza de la resistencia organizada de los pueblos. Matar la rebeldía es descabezarla y desanimarla.

Los pueblos conquistados deben ser inermes, no tener capacidad alguna de respuesta, regresar a la impotencia absoluta, ser esclavos conscientes de su incapacidad de respuesta.

Para ello el arma imprescindible son los medios masivos de difusión, de convencimiento, de manipulación en conjunto con las deformadas “redes sociales”. No hay mejor esclavo que el que cree elegir su esclavitud, el que se conforma con ella, el que no ve ninguna otra alternativa a su prisión in- y subhumana.

Sin embargo, en esta película de terror cuyo papel protagónico es de los tiranos de traje, hay un último y gran escollo: la raíz cultural de los pueblos latinoamericanos. Pese a todo el esfuerzo publicitario por promover el individualismo y la competencia, las culturas lugareñas conservan fuertes rasgos gregarios, de pertenencia colectiva. La esencial cuota identitaria que hace que el latinoamericano medio adhiera al fenómeno comunitario dificulta la permeabilidad de los conjuntos al engañoso ideal de felicidad que promueve el mundo capitalista. Las cúspides solitarias pueden atraer fugazmente, pero no llegan a la profundidad arraigada en esta región cultural, más proclive en su base social a la solidaridad y la cooperación, aunque no siempre lo parezca.

Por tanto, para imponer la crueldad como máxima virtud y eje de un modelo social depredador y esclavizador, se somete a los pueblos a una colonización cultural, a la imposición de modelos de vida no elegidos, ni coincidentes con la acumulación de memoria histórica. Dividir, diferenciar, y a la vez odiar al diferente. Esquizofrenia social y personal. ¿Cómo asombrarse luego de que crezcan los actos de violencia y la locura?

Ése es el sentido simbólico de esta elección primaria, donde nada pero todo se elige. Es una elección entre la posibilidad de liberación colectiva en lo social, cultural, económico y de estilo de vida frente al sometimiento a las falsas promesas de la libertad egocéntrica.

Es un plebiscito existencial. En contra del gobierno de las corporaciones y la dictadura del capital.



*  Javier Tolcachier (57), el autor de la presente nota, es argentino, cordobés, y activo miembro del Movimiento Humanista, tiene participación en el Centro Mundial de Estudios Humanistas y es columnista de la agencia de noticias Pressenza  (http://www.pressenza.com/es/author/javier-tolcachier). Reside con su esposa y dos hijos en su provincia natal.

http://www.alainet.org/es/articulo/187367