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viernes, 2 de junio de 2017

“Deténgase, míreme de frente y escuche.” Es hora de mandar parar…

Patricia Bullrich, antes piba rica y peronista, ahora ministra de Seguridad del Virreinato




No es la primera que se hacen los gallitos y luego reculan cuando una persona o varias, trabajadoras y dignas, sea mujeres o varones, en el transporte público o en la calle, observan críticamente procederes policiales autoritarios, prejuiciosos, inadecuados y, por sobre todo, inspirados por una “cadena de mandos” que hace suya la proposición de la cúspide del aparato estatal de amedrentar porque, en definitiva es esa cúspide la que tiene miedo, mucho miedo.

Un compañero en tareas municipales de ya hace más de veinte años le había colgado como sambenito a nuestro jefe un cartel en la oficina que decía: “No me gusta que me interrumpan cuando estoy interrumpiendo”. Ése es el caso. A los represores no les gusta que los repriman cuando están reprimiendo. Pero las cosas ya van generando un riesgo de violencia desde arriba que requieren dejar de lado la simbología de pulgares hacia abajo o hacia arriba, de “me gusta” o “no me gusta”, para plantarse como es imprescindible hacerlo.

Y no se trata de Venezuela sino de Argentina, aunque el quehacer amedrentador tenga el mismo objetivo en el país norteño suramericano, en Brasil o en nuestro bien sureño: quebrar a los pueblos que se propusieron, no sin errores, construir una sociedad más humana y menos capitalista. Y advirtiendo que quizá la expresión “los pueblos” pueda parecer excesiva a algunos, afirmamos que nunca pueblo alguno por “unanimidad” resolvió pasos y saltos en la historia social: se trata, siempre, de una “mayoría suficiente” en la acción, y no exclusivamente electoral.

Quienes en Argentina se encaramaron en el poder político con argucias y mucha disponibilidad de recursos que puede sospecharse fueron muy mal habidos (Papel Prensa, monopolios mediáticos, Correo Argentino, privatizaciones menemistas, etc.), no solamente mintieron a la “opinión pública” sino que perversamente adjudicaron caracterizaciones y conductas al Gobierno derrotado que eran su especialísimo objetivo: los negocios “de clase” y la mentada “grieta” social.

Esa grieta, con precisión y brutalidad construida ahora (Milagro Sala secuestrada, desocupación, pobreza, individualismo y violencia, incluido el femicidio que simbólicamente abate la parición de lo nuevo) tiene un objetivo accesorio. Si fracasa en su cometido de dominación y desata caos anárquico puede abrir la puerta a la intervención imperial, como procura el fascismo contemporáneo al que en ciertas circunstancias son tan adeptas en todo el mundo las llamadas “clases medias”, ya en Venezuela como más temprano que tarde puede procurarse en toda Latinoamérica. Si hasta ya inventaron el peligro terrorista con sede en Brasil que amenazaría en Buenos Aires…

Ahora fue un periodista de Página|12, Fernando D’Addario1, quien siendo testigo de un “apriete” policial a un viandante senegalés luego fue él mismo amenazado por los mismos dos integrantes de la Policía de la principal ciudad argentina.

La política, el análisis político, la estrategia para la acumulación de fuerza y la táctica en cada momento son complejísimos, y montados en el berenjenal hay oportunistas que aparecen como inimputables. En Santa Fe2, y también en Buenos Aires, se procura la constitución de una alternativa electoral que exprese con autenticidad y rigor la coyuntura nacional, latinoamericana e internacional.3

Las elecciones argentinas en octubre próximo, de medio tiempo, de renovación de una de cada dos bancas parlamentarias en todo el país con especial influencia en la composición de mayorías y minorías en el parlamento nacional, serán un momento crucial. Habrá que proceder con precisión política, madurez y decisión, pero también desde ahora es necesario, complementariamente, sin dilaciones y con autoridad popular mandar parar el descalabro y la violencia gubernamental ejercida por policías y gendarmes. Hacerlo con actitud y voz firme, bien hablada, con certeza y claridad: “Deténgase, míreme de frente y escuche, cumpla con las leyes y la Constitución, actúe con corrección, no se rebaje a convertirse en brazo armado de la miseria que persigue un amo colonial”…


Notas:
1 Apriete policial a un periodista de Página|12 testigo de una requisa. “Ahora te revisamos a vos”: https://www.pagina12.com.ar/41563-ahora-te-revisamos-a-vos
3 Ver: https://www.pagina12.com.ar/41115-encuentro-en-el-patria y https://www.terra.com.ar/noticias/politica/el-fpv-porteno-tironeado-por-dos-estrategias-la-campora-pide-reafirmar-la-identidad-k-y-el-pj-una-alianza-mas-amplia,f83870dd558fe3674ff59f19f446f81c9id7aqc2.html

martes, 16 de mayo de 2017

“El relato perverso de la violencia en Venezuela”, por Eduardo Tamayo G.



La situación en Venezuela es grave, muy grave, y necesariamente importa a nosotros los latinoamericanos y a todos los pueblos del mundo: pone en evidencia el agravamiento de la crisis del capitalismo con sede principal en Estados Unidos de Norteamérica. De esa crisis sin retorno sus reyes y virreyes pretenden salir (o morir matando) profundizando la expoliación de las naciones con reservas reales y potenciales de energías y de alimentos. No han sido fenómenos fortuitos primero la muerte de Hugo Chávez por un cáncer que se sospecha fue provocado, luego la de Néstor Kirchner que tampoco deja de estar rodeada de dudas, las intrigas y los  golpes palaciegos en Paraguay, Honduras y Brasil, en México su interna guerra mafiosa y Estado fallido, la continuidad del acoso a Cuba, desde hace algunos años la crisis con los precios del petróleo y tras cartón la manipulación informativa y generación de caos está marcando a gran parte de Nuestramérica y del mundo. La época es difícil de analizar, pero no imposible. El autor del presente artículo, Eduardo Tamayo, es periodista ecuatoriano y colaborador de la agencia latinoamericana de noticias ALAI, con sede en Quito. (G.E.)





ALAI AMLATINA, 16.5.2017

Los grandes medios privados están construyendo un relato perverso de la violencia en Venezuela que ha penetrado en amplios sectores incluso en algunos intelectuales progresistas. Según este relato, todas las muertes (42 desde el 3 de abril de este año) y los heridos (que alcanzan a setecientos) son atribuidos al gobierno de Maduro, que es presentado “como una dictadura o régimen que reprime salvajemente al pueblo”.

Víctimas inocentes

Un primer recuento realizado por las autoridades venezolanas de las circunstancias en que murieron desde comienzos de abril 39 personas indica que 18 de ellas no participaban en las protestas, 7 si lo hacían y 9 murieron electrocutadas en un local comercial durante los disturbios nocturnos en el sector del Valle, Caracas, en los que grupos de ultraderecha acosaron a una maternidad y se produjeron saqueos.1 Cinco casos aún permanecen en investigación. De estos datos llama la atención que la mayoría (46%) eran personas inocentes que se encontraban cerca de los lugares de las protestas, como es el caso de Almelina Carrillo, quien fue impactada por una botella de agua congelada lanzada desde un edificio, en La Candelaria (Caracas) a un grupo de simpatizantes chavistas.

Cuatro personas (Jairo Ortiz Bustamante, Daniel Queliz Araca, Christian H. Ochoa Soriano y Gruseny Antonio Canelón) fueron muertos presuntamente por agentes policiales. También perdieron la vida el sargento de la Guardia Nacional Bolivariana, Neumar Sanclemente Barrios, y el policía Gerardo Barrera. De estos casos, por lo menos dos corresponden a “falsos positivos”, es decir ejecutados por los mismos grupos violentos para atribuírselos al gobierno de Nicolás Maduro.

Doble discurso

Frecuentemente en la televisión se presentan una y otra vez noticias e imágenes (sobre todo cuando actúa la Guardia Nacional Bolivariana contra los manifestantes), se ocultan otras (por ejemplo el ataque de grupos de derecha a hospitales, escuelas y edificios públicos) y se manipulan unas terceras. Ya no importa investigar, detenerse a indagar quiénes son las víctimas, en qué circunstancias perdieron la vida, quiénes son los presuntos responsables, qué armas utilizaron, quién financia la violencia, ni mucho menos cuáles son sus objetivos y qué métodos se están utilizando.

El periodismo de investigación está en deuda en el caso de Venezuela y por supuesto esto jamás será practicado por muchos medios corporativos que desde hace muchos años forman parte de una campaña internacional en la que no sólo han satanizado a Hugo Chávez (prácticamente desde que asumió el poder en 1999) y ahora con más fuerza a Maduro, sino que han difundido una imagen distorsionada de Venezuela. Ahora apoyan abiertamente a la oposición derechista en sus intentos de desestabilizar y derrocar a la revolución bolivariana.

Los líderes derechistas más visibles de la oposición (Henry Ramos Allup y Julio Borges) manejan un doble discurso en relación al conflicto venezolano, dicen que las manifestaciones son pacíficas, que se deben al descontento de la población frente a la difícil situación que vive Venezuela. Sin embargo, miran a otro lado y nunca condenan los actos violentos de sus partidarios.

Otros, en cambio, son más frontales: Freddy Guevara, dirigente de Voluntad Popular y vicepresidente de la Asamblea Nacional, dice: “Me eligieron para derrocar a este maldito Gobierno”, y en este propósito, se lo ve en YouTube felicitar a los encapuchados que siembran el terror en Caracas y el resto del país.2 Por su lado,  Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, quien está encarcelado tras los hechos violentos ocurridos en 2014 en el que murieron 43 personas y setecientas fueron heridas, dice: “Los muertos no pueden ser en vano”. Desde comienzos de abril van 42, ¿serán ya suficientes?

Volver ingobernable a Venezuela

El objetivo de la violencia es claro: crear el caos y volver ingobernable el país con el fin de derrocar a Maduro. Luego de que ganaron la Asamblea Nacional en diciembre de 2015, el presidente de la misma, Henry Ramos Allup, declaró sin inmutarse que su objetivo era derrocar al gobierno en seis meses. Luego, sin tener atribuciones, destituyeron tres veces al presidente Maduro. También han descartado el diálogo propuesto por Maduro y apoyado por el papa Francisco y la Unasur para encontrar salidas pacíficas al conflicto. Ahora reclaman la convocatoria inmediata a elecciones, la “liberación de los presos políticos” y la apertura de “un canal humanitario para abastecer de medicinas y alimentos al país”.

Pero la estrategia violenta se complementa con otras como la desestabilización económica (manipulación de la tasa de fijación del dólar, desabastecimiento de productos vitales y de medicinas), el llamado a la intervención extranjera en el país, los intentos de aislar a Venezuela del concierto internacional, la ofensiva de la OEA dirigida por Luis Almagro y la intervención y hostilidad de Estados Unidos, entre otros.

Luz verde para el terror

Desde que la OEA adoptó, el 3 de abril, la resolución de aplicar la Carta Democrática a Venezuela, se le dio luz verde a la oposición para concretar sus propósitos desestabilizadores, señala la canciller venezolana Delcy Rodríguez. La ofensiva de la extrema derecha, aupada internacionalmente por políticos como Luis Almagro, Pedro Pablo Kuczynski, Trump, Temer, Macri, Peña Nieto, Rajoy, Santos y Uribe, y por la cúpula de la Iglesia de Venezuela, entró en una nueva fase: más violenta, más agresiva,  continuada en el tiempo y recurriendo a métodos hasta ahora desconocidos, como el asedio a las embajadas de Venezuela en el mundo, el empleo de armas de fuego, el colocar a niños al frente de las manifestaciones.  El guion ya conocido en Ucrania, Siria y otros países pretende ser reeditado en Venezuela.

A lo que aspiran, según autoridades venezolanas,  es derrocar a Maduro para tomar el poder de forma inmediata, y ser proclamados como los salvadores del pueblo de una supuesta dictadura.

La deriva violenta de la extrema derecha venezolana no mide costos (vidas humanas), recursos (está muy bien financiada), ni consecuencias: el nulo compromiso con las reglas del juego democrático (por ejemplo, el respeto del período para el que fue electo Maduro y que termina en 2018) puede llevar a un callejón sin salida, a un enfrentamiento fratricida del que se sabe cómo comienza pero nunca como termina. El pequeño –y a la vez gran detalle–  es el apoyo de un sector duro de la población (la alianza cívico militar chavista)  al gobierno de Maduro y su determinación, pese a las dificultades económicas que vive el país, de mantener la revolución, profundizarla a través de la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente y evitar que se repita un golpe como los que ocurrieron en Honduras, Paraguay y Brasil. De hecho, el pueblo chavista se ha mantenido permanentemente movilizado para defender la revolución, destacándose las multitudinarias manifestaciones del 19 de abril y del 1° de Mayo. En esta última, el presidente Maduro anunció la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente para profundizar el proceso y tratar de superar por medio del diálogo la difícil situación económica, política y social por la que atraviesa el país.

Métodos más sofisticados

Como señalamos, la extrema derecha, en los últimos cuarenta días ha recurrido a nuevos métodos como la desestabilización permanente: actúa todos los días, durante todo el día y la noche, no descansa los fines de semana ni los días festivos (Semana Santa, Día de la Madre). Las protestas, generalmente pacíficas, comienzan en la mañana y duran hasta las doce o una de la tarde.  Luego por la tarde (entre las horas 15 y las16) entran los grupos violentos que actúan hasta altas horas de la noche.

Entre las acciones más comunes de la oposición violenta está la interrupción de calles y avenidas, el hostigamiento a funcionarios y simpatizantes del chavismo, ataque a edificios públicos, centros de salud, cuarteles y planteles educativos, incendio de unidades de transporte público, saqueo de comercios privados, asesinatos selectivos de chavistas , entre otros.

El objetivo es desmoralizar, desgastar a las fuerzas militares y policiales, obstaculizar la movilidad de la gente, interrumpir las actividades laborales, comerciales y educativas, no permitir, en suma, que las y los venezolanos lleven una vida normal. Pretenden obtener réditos políticos con las acciones violentas, pero la mayoría de la población (incluyendo al chavismo y a la propia base social de la MUD), según varias encuestas, está cansada y las rechaza frontalmente.

La Guardia Nacional Bolivariana, encargada de controlar el orden público, y otros cuerpos de seguridad han sido el blanco de ataques de los grupos violentos. Como ya señalamos, dos guardias han sido asesinados al mediodía del 15 de abril y tres funcionarios (Jorge Escandón, Reinaldo Alvarado y Andrés Ospina) resultaron heridos durante una protesta opositora en la autopista del Este, municipio Naguanagua, Estado de Carabobo.3 Frecuentemente reciben insultos y son atacados con bombas molotov, fuegos artificiales, pintura y piedras. En los últimos días, los manifestantes opositores lanzaron frascos con heces y orina –bautizados como “puputov”– contra efectivos de seguridad bolivarianos,4 algo que retrata muy bien a quienes promueven estos actos.

Según Antonio González Plessmann, activista en defensa de los derechos humanos, estas acciones «tienen un sentido muy claro: provocar la reacción violenta de los cuerpos de seguridad para generar indignación y movilización en la población opositora y sostener el discurso de la existencia de un Estado represivo, que sólo se sostiene por la fuerza que ejerce contra un sector pacífico de la sociedad».5

La oposición y algunas ONG manifiestan que la Guardia Nacional Bolivariana y los agentes estatales han cometido violaciones de los derechos humanos como malos tratos en el momento de la detención, uso de balines, etc. El presidente Maduro señala que las fuerzas de seguridad, respetando el derecho constitucional a la manifestación pacífica, salen a contener las protestas sin armas, utilizando gases lacrimógenos y vehículos antimotines y haciendo el uso progresivo de la fuerza. Agrega que los agentes de los cuerpos involucrados en acciones represivas han sido puestos a disposición de la justicia, pero asegura que tampoco quedarán en la impunidad los autores de las llamadas “guarimbas” que están enlutando Venezuela.

Más que el manejo de la gestión gubernamental en Venezuela, lo que está en juego en este momento es la paz ya no sólo de este país sino de todo el continente, una paz que se quebraría con una intervención extranjera ejecutada a nombre de la “crisis humanitaria”, como ya ha sucedido en otros rincones del globo.

Notas:
1 Datos presentados en las Jornadas de Discusión sobre la Asamblea Nacional Constituyente, realizado en Caracas, el 12 de mayo de 2017 organizado por el Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores de Venezuela.
3  Telesur, MP venezolano investiga heridas a tres policías en protestas: http://www.telesurtv.net/news/MP-venezolano-investiga-heridas-a-tres-policias-en-protestas--20170515-0049.html
4  Álvaro Verzi Rangel, “La batalla de las ideas, según la pupucracia venezolana”, en http://www.alainet.org/es/articulo/185439
5 Douglas Bolívar, “Es muy evidente que hay una orientación de no matar”, entrevista con Antonio González Plessmann  http://www.alainet.org/es/articulo/185443


URL de este artículo: http://www.alainet.org/es/articulo/185506

jueves, 11 de mayo de 2017

“La disyuntiva de América Latina y el Caribe: unidad o postración”, por Roberto M. Yepe




El autor  nació en La Habana, Cuba, hace 46 años. Es Analista de relaciones internacionales y Profesor de lengua portuguesa, Máster en Administración de Negocios y Licenciado en Relaciones Políticas Internacionales y Derecho. Ha trabajado en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales y en el Centro de Estudios Hemisféricos y sobre los Estados Unidos de la Universidad de La Habana. Cumplió misiones diplomáticas en Estados Unidos y Brasil, así como en diversos eventos multilaterales en América Latina y el Caribe. Ha publicado Estados Unidos en la postguerra fría (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1995), y ensayos y artículos en publicaciones periódicas especializadas. Actualmente se desempeña en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI) Raúl Roa García, como profesor de lengua portuguesa en la Universidad de las Artes (ISA) y es coordinador académico de la Red Cubana de Investigaciones sobre Relaciones Internacionales (RedInt), http://redint.isri.cu/ El presente artículo fue distribuido por la Agencia Latinoamericana de Información, ALAI, con sede en Quito, Ecuador. (G.E.)


Vivimos una época caracterizada por la aceleración de los cambios económicos, sociales y políticos a nivel global, en la que asombrosos y prometedores avances científicos y tecnológicos coexisten con una desigualdad indignante y la permanente amenaza del fin de la vida civilizada en el planeta, ya sea como resultado de un súbito apocalipsis nuclear o de un gradual pero inexorable cambio climático con efectos catastróficos y cuya existencia es cada vez más innegable.

Las nuevas tecnologías y los medios de comunicación pueden servir tanto para empoderar como para someter más a los pueblos y a los individuos. Vastas porciones de la población latinoamericana y caribeña, carentes de una adecuada educación que promueva el pensamiento dignificante y emancipador, son víctimas cotidianas del totalitarismo mediático alienante y promotor de un modo de vista materialista y hedonista a ultranza.

Pese a los significativos avances alcanzados por los gobiernos revolucionarios y reformistas antineoliberales durante las dos últimas décadas, América Latina y el Caribe sigue siendo la región más desigual del mundo y la pobreza sobrepasa bochornosamente los 175 millones de habitantes. La reciente involución en esta materia es notoria en países de gran peso a nivel continental. Una gran mayoría de la población latinoamericana y caribeña tampoco puede ejercer el derecho básico de acceder a servicios de salud integrales y de calidad.

El orden internacional basado en una sola superpotencia parecería estar dando paso a una configuración más amplia y diversificada de centros de poder. Este proceso de restructuración del poder mundial agudiza las contradicciones y las disputas entre las principales potencias, conformando un contexto que presenta tanto oportunidades como renovadas amenazas para nuestra región, pero los países latinoamericanos y caribeños son más espectadores que actores en este reordenamiento del sistema de relaciones internacionales, dadas sus graves limitaciones en los más diversos recursos de poder nacional.

A corto y mediano plazo, los Estados Unidos seguirán siendo la única nación con capacidad para desplegar su poderío de manera efectiva a escala global y de manera multidimensional. A su superioridad militar suman una supremacía sin paralelo en los ámbitos ideológico y cultural que representa un bastión fundamental y cada vez más importante para el sostenimiento, la reproducción y la recreación de su hegemonía sobre los países de América Latina y el Caribe. En todas las corrientes de pensamiento existentes dentro del establishment de política exterior de los Estados Unidos se considera como indispensable y se da por sentado el mantenimiento de la hegemonía de ese país en el continente americano.

La intensificación de las relaciones con potencias extracontinentales es de gran importancia estratégica en sí misma y contribuye a contrarrestar y erosionar gradualmente dicha hegemonía que se pretende perpetuar y que ya ha durado demasiado. No obstante, es preciso tener conciencia de que esos nexos, en situaciones límites, no constituirán una garantía frente a la agresión imperial. Para Estados Unidos, América Latina y el Caribe son y seguirán siendo “su patio trasero”. En cambio, para otras grandes potencias en ascenso nuestra región es muy importante pero no representa una zona geográfica vital. La seguridad de los países latinoamericanos y caribeños solo puede garantizarse con sistemas de defensa nacional multidimensionales, asimétricos y con un profundo arraigo popular.

Los gobiernos populares de la región enfrentan la renovada agresión de los enemigos de siempre de la justicia social: el imperialismo y las oligarquías criollas cada vez más divorciadas de cualquier proyecto nacional o de alcance latinoamericano.

La situación anteriormente descrita plantea, como nunca antes, la necesidad de que las fuerzas políticas y sociales patrióticas y antihegemónicas de América Latina y el Caribe emprendan un proceso acelerado de unión emancipadora, estableciendo como una meta estratégica explícita la unificación política y la constitución de un polo de poder internacional propio. La actual coyuntura internacional y su probable evolución en las próximas décadas demandan que los esfuerzos unitarios pasen decididamente de lo declarativo a las acciones concretas.

La constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) fue posible gracias a la coincidencia temporal de una pléyade de líderes extraordinarios al frente de una masa crítica de gobiernos de nuestra región. Como tal, representa un espacio multilateral que debe ser defendido y fortalecido, y que pudiera ser el germen de una construcción institucional unitaria mucho más ambiciosa que fomente el establecimiento de relaciones estratégicas de mutuo beneficio y en pie de igualdad con el resto del mundo.

El Sistema Interamericano, con su núcleo en la infame Organización de Estados Americanos (OEA), es incompatible con el proceso de unidad regional y tendría que ser reconstituido desde sus cimientos. Si bien está en el interés de América Latina y el Caribe contar con un régimen jurídico-institucional multilateral que en alguna medida contribuya a contrarrestar la propensión de los Estados Unidos a actuar de manera unilateral y violentando el derecho internacional, dicho marco regulatorio tendría que ser reconstituido sobre bases radicalmente diferentes y respetuosas de la soberanía de los países latinoamericanos y caribeños, así como no tener su sede en Washington.

Por su parte, corresponde a la Alianza Bolivariana para las Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) profundizar su actuación como la punta de lanza de la unidad latinoamericana y caribeña, avanzando al máximo en la medida de las posibilidades de sus Estados miembros y logrando resultados que sirvan de ejemplo e incentivo al resto de los pueblos de la región.

Se requiere así de un proceso unificador que se apoye en el acervo de esfuerzos y concertaciones integracionistas construidos hasta el presente y en el trabajo de los expertos técnicos comprometidos políticamente con la unidad regional, pero libre de visiones y vicios tecnocráticos que sólo retardarían los avances y resultados que los pueblos latinoamericanos y caribeños demandan cada vez con más urgencia.
 
De esta manera, el proceso unitario debería convertirse en el eje movilizador para acometer proyectos y acciones concretas en los ámbitos económico, social, político y cultural con la finalidad de construir una gran nación latinoamericana y caribeña respetada por el resto del mundo, con un Estado de nuevo tipo –que ya se vislumbra en algunas de nuestras naciones –  firmemente apoyado en el conjunto de las fuerzas políticas y sociales patrióticas de la región, defensor de la soberanía, articulador del desarrollo económico con justicia social, protector de los recursos naturales y de la sostenibilidad ambiental, y promotor permanente de la fortaleza cultural y de la profundización del poder popular como garantías de defensa última frente a la agresión imperialista y de sus aliados oligárquicos. Sólo de esa manera se podrá impedir la consumación del designio hegemónico de la elite gobernante estadounidense.

Por separado, los Estados latinoamericanos y caribeños estarán condenados a la irrelevancia y el sometimiento en un mundo cada vez más dominado por potencias gigantes armadas hasta los dientes y sedientas de esferas de influencia y recursos naturales. Es la hora de abrir, definitivamente, la época del supranacionalismo y de la constitución de un polo de poder propio en América Latina y el Caribe, por el bien de nuestros pueblos y del equilibrio del mundo. Iniciemos la “época dichosa de nuestra regeneración” con la que soñaba Bolívar en su Carta de Jamaica.